Una visión de la vida

Hemos tenido la gran oportunidad de recorrer tierras distintas a las que normalmente habitamos, puede decirse que somos afortunados de poder conocer otras latitudes y sobre todo a otras personas, con formas diferentes de pensar, de vivir y de sentir la vida.
Pero también, en medio de esa oportunidad, debemos enfrentar situaciones inesperadas, como el hecho de ver a compatriotas con una visión del mundo que quizá nosotros suponíamos superada.
Es que ver una resignación a vivir en la pobreza, como una forma terminada de existencia, sin más posibilidades de avanzar en esta sociedad que se traga sin miramientos a quien se deje y permitir que los demás caminen hacia delante, avanzando, ganado terreno, comodidades, éxito, entendido este como la acumulación de bienes, que es la forma en que se nos ha permitido entenderlo.
El mexicano resignado existe en todos los rincones de la Patria, se queda mirando como el vecino aprovecha la oportunidad de hacerse rico para luego envidiar sus logros, para reclamar el no haberse quedado como todos sus congéneres y en el peor caso, por no quedarse con la pobreza familiar. Eso los hace más miserables. Pueden ver su riqueza alrededor y no aprovecharla, pueden jactarse de su pobreza, pueden vivir lamentándose eternamente por su mala suerte. Es su forma de vida. Y tienen todo el derecho a seguir así. Lo que no es permisible es el intento que realizan para que todos sean como ellos. Repetirán hasta la eternidad, si les es permitido, su esquema de vida, seguirán usando la misma vestimenta y otros, conociendo esa debilidad, les llevarán a vender sus arcaicos modelos para que los usen siempre.
El mundo no es un pedazo de terreno, no se circunscribe a una tradición que marcó el sometimiento de una raza.
En este tiempo, cuando el planeta parece que ha reducido su tamaño, todos tenemos la posibilidad de verlo más de cerca y de aprovechar todas las oportunidades que ofrece, con todos sus errores y sus sistemas políticos, para poder cambiar, mejorar y superar todos los atavismos que nos han dejado.
Ver el mundo de cerca es una oportunidad que agradecemos al tiempo que nos tocó vivir, saber que existen seres en otros sitios que luchan por permanecer y hacer valer su cultura, es maravilloso.
Pero también es maravilloso saber que esos seres creen que su cultura aportará algo importante al resto del mundo para mejorar, algo que servirá a todos para entender otra parte de la vida, que cincele su presencia en la Historia del planeta. Esa es la cultura.
Ver otros paisajes y llevarse el olor de otro tipo de vegetación, sentir el frío del aire y compararlo con la calidez del clima de donde vivimos, llevarse un recuerdito, algún objeto que por allá no se verá, sólo ahora que nosotros lo cargaremos para mostrarlo a nuestras amistades y presumir que también llevamos polvo de otras latitudes.
Tal vez, en esas andanzas, podamos dejar parte de nuestra forma de ser y de decir; también de nuestra forma de hacer y de pensar y que eso sirva de algo alos pobladores de los pueblos visitados, sin que esto sea presunción, sólo una forma de compartir la historia, para que ellos también sepan que, lejos de su lugar, habitan otros seres, con otro color de piel, con otro acento y otras costumbres que con gusto viajan para llevar su personalidad y entregar a la parte del mundo que se nos permite visitar, nuestra alegría por la vida que nos tocó vivir, con la esperanza de que a nadie moleste y de que a todos les sirva de algo nuestra experiencia. Nadie es mejor ni peor, simplemente somos diferentes, con distintas metas y aspiraciones.
El mundo es de quien quiera tomarlo.
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El grito de Ernestina
Peritos de la PGJ de Veracruz exhumaron el cuerpo de la indígena Ernestina Ascencio Rosario,
ayer en el municipio de Soledad Atzompa,
en la zona centro de Veracruz. Foto La Jornada
Somos una comunidad que necesita de todos sus elementos para subsistir, un grupo de individuos que nos identificamos por medio de un solo símbolo, un idioma y una serie ce costumbres y tradiciones que nos hacen ser mexicanos.
Con nuestras particulares diferencias regionales, hay un eje común que hemos aceptado tácitamente para dar la cara al mundo.
Más aún, la Constitución política que todavía nos rige, lo consigna y consagra en su artículo primero, dándonos a todos quienes nacimos en México la igualdad ante las leyes; es decir, todos los mexicanos tenemos los mismos derechos y obligaciones, nadie puede ser esclavo de nadie y, sin importar la región donde se viva, ni el color de la piel, ni la estatura, ni la raza ni cuanto dinero se tiene, tenemos los mismos derechos y obligaciones.
Esa es la teoría que nos convierte ante los ojos del mundo entero como una nación moderna e increíble que tengamos ese ordenamiento tan bonito.
Pero hay quienes suponen que son diferentes, más por sus propiedades que por su idiosincrasia y llegan a ignorar que todos somos iguales ante los ojos de Dios. Hay quienes creen que tienen derechos sobre los demás y aprovechan la fuerza para arrebatar, golpear, violar, despojar, robar, herir…
Sin embargo, gracias al desarrollo de los centros urbanos, damos muestra del progreso que estamos logrando, las grandes ciudades van concentrando poco a poco mucha de la riqueza que se genera y se ha creado una gran competencia entre ciudadanos y organizaciones de diferentes urbes y, en algunos casos la ley del más fuerte hace acto de presencia y vamos viendo como se absorben a centros de población enteros.
En medio de ese concurso, dejamos de lado a otros mexicanos que viven de manera más dispersa, los hemos llamado campesinos, como una forma peyorativa de diferenciar entre el citadino, educado y con más accesos a servicios y las personas que tienen que habitar fuera de las ciudades. Éstas se han convertido más en una forma de estatus social contra la sencilla forma de vivir de aquellos quienes conviven más con la naturaleza, pero los marginamos, los ignoramos y algunos hasta llegan a suponer que con ellos se puede hacer lo que sea, hasta matarlos…
Entonces, cuando eso sucede, los encargados de hacer valer aquella ley de la que hablamos y que nos pone a todos en igualdad de circunstancias, sufren, sudan y se deshacen en declaraciones que a nadie convencen.
¿Quiénes son los culpables de que esto suceda? Todos. El habitante de la ciudad por enrolarse en un ritmo de vida lleno de egoísmos, compitiendo por tener, comprar, parecer, simular.
Las autoridades por darle más valor a las influencias, a los logotipos, al poder y sacan a relucir la ley para defender al poderoso y esconden la misma ley para sepultar las atrocidades cometidas contra los campesinos.
Campesino, un término que ya se convirtió en sinónimo de pobre pobrísimo, de paria, de jodido.
Luego se asustan cuando ven que ese pobre jodido es capaz de organizarse, de utilizar formatos rudimentarios de defensa social y los llaman subversivos y de inmediato los colocan al margen de la ley, de esa misma ley que les escamotean para que sigan así de amolados.
Pero cuando un asunto así ya no puede esconderse, cuando alcanza dimensiones de escándalo nacional, esas autoridades son incapaces de ponerse de acuerdo y cada quien por su lado cometen sus disparates quedando mal ante el resto de la ciudadanía que los suponía los mejores en la defensa de los derechos ciudadanos.
Ernestina pasó su vida en el anonimato, en la miseria y la desgracia de pertenecer a un grupo social olvidado a propósito, perdida entra las montañas de la Sierra de Zongolica, vivió lo suficiente para ver morir a los niños de su comunidad de enfermedades que en la ciudades ya habían sido erradicadas, para ver como los militares violaban y mataban a las mujeres de su pueblo, para atestiguar como los hombres de su comunidad eran golpeados y reprimidos por los caciques aliados con los grandes terratenientes, vivió para ver como su pueblo es considerado un ‘foco rojo’ fuente de subversión y peligro para el gobierno.
Hasta que fue asesinada, sus parientes dicen que antes de morir alcanzó a declarar que fue atacada sexualmente por militares y su sola palabra ha puesto en jaque a todas las instancias de gobierno.
Los encargados de la justicia llegaron a pensar que se trataba de un indio muerto más y ya; jamás se imaginaron que la muerte de Ernestina los pusiera en evidencia, de pronto, esa ley que los abogados dicen conocer y defender, se les fue encima a los encargados de vigilar que se aplique igual para todos.
Pero aquí se llegó a suponer que hay dos leyes, una que aplican el Ministerio Público en la ciudades y otra que aplica otro MP de segunda para ciudadanos de segunda, como los pobres miserables de la Sierra.
Ernestina tuvo que morir como murieron miles de congéneres suyos para que su grito fuera escuchado en todo el país, para que los ojos de los soberbias instancias federales se volvieran hacia ese lugar donde se puede escoger de qué manera morir: de enfermedades curables pero por falta de médicos, hospitales y medicinas, no se curan, o asesinado por sicarios de caciques o violados o perseguidos por los militares acusados de guerrilleros.
Hoy, la imagen de una indígena de la Sierra de Zongolica recorre el país mostrando la parcialidad de las autoridades y golpeando a la envidia que dan nuestras leyes en el extranjero.
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